¿Y el sentido?

la subasta del lote 49

Esta es una novela corta.

Este libro es un bostezo prolongado, una novela seleccionada por la revista TIME como una de las mejores novelas de habla inglesa de 1923 a 2005.

Esta es una novela de seis capítulos, a la que le sobran tres y falta sentido.

Una de las obras escritas que más me ha decepcionado y puesto de los nervios en muchos años.

Thomas Pynchon publicó «La subasta del lote 49» en 1966, unos años antes de su obra más aclamada, por lo que se puede pensar que todavía no tuviera bien fijado el estilo y la forma correcta de narrar. Pero no es así, y puede que eso sea lo más frustrante del libro, porque está bien escrito. Lo malo es que la historia es, sinceramente, aburrida y carente de una lógica que atrape al lector. Creo que nunca lo había pasado tan mal leyendo una novela. El deseo de terminar crecía en mi interior con cada pasada de página que realizaba. Me propuse terminarla y así lo hice, con orgullo y una sensación de repelús que es probable que tarde en quitarme de encima contra el autor.

En el interior de la narración nos encontramos con la protagonista, Edipa Maas, desesperada por encontrar un sentido a los interrogantes que se plantea tras ser designada la albacea de la herencia de un ex novio millonario fallecido. Despidiéndose de su marido y acompañada de varios personajes pintorescos que se cruzan en su camino poco a poco va descubriendo una trama que abarca la historia de su país y del pasado de la Historia, recalcando la importancia del servicio postal, y corporaciones ocultas, a lo largo de los siglos. Y puede que sea aquí donde radique el mayor error de la novela, porque la historia se descuelga hacia la pedantería mostrando unos tintes significativos del pasado que arranca más de una boqueada aburrida cuando se alargan las explicaciones insignificantes.

El autor se esmera, o se pierde, contando al lector hechos del pasado que son, aparte de ridículos, inapetentes.

El lector se anima con el delirante misterio que parece llevar a una apoteosis final que recompesará a los más pacientes y en cambio se nos caen los hombros con malestar al terminar el último parrafo y no hallar… NADA. Los personajes, como el amigo y compañero de albacea Metzger o el marido de la protagonista eperimentando con LSD, e incluso los jóvenes músicos modernos que se divierten junto a Edipa son buenos paisajes en los que recrearse y excelentes muestras de la sociedad actual. Pero por desgracia todo decae en un desarrollo insostenible relatando las redes postales de proscritos underground y supurando jactancia sobre Historia -aunque sea inventada-.

Estamos en el 2015 y últimamente vivimos un resurgimiento de laurear la obra de Thomas Pynchon por parte de un público cuya edad ronda entre la treintena y la cuarentena. Y con ello, también es arrastrada hacia la cima muchas novelas de autores de cierto parecido narrativo como Franzen, De Lillo y Foster Wallace. Todos suelen pecar en cierta medida de contar historias sin llegar a un final que dote de sentido a la obra leída.

La etiqueta de que «la subasta del lote 49» sea, supuestamente, una de las mejores novelas de habla inglesa de los últimos tiempos me hace pensar que la literatura por aquel entonces, en los 60, se encontraba tocada de muerte y a la espera de fallecer tras haber conseguido un puesto significativo en el mundo. O eso, o la campaña publicitaria que acompaña a ciertos autores que se denominan alejados de la norma establecida es muy profunda e intensa.

No recomiendo su lectura, aunque cada uno es libre de conocer los errores por sí mismo; e incluso es bueno hacerlo.

Escogí «La subasta del lote 49» como iniciación en el mundo de Pynchon, pero lejos de agradarme su estilo, que es muy bien escrito, he conseguido temer tocar otra de sus obras.

Y lo más triste de todo es que quiero leer «El arco iris de la gravedad».

La rata que amamos

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Dicen que los clásicos son aquellos que se pueden releer y seguir descubriendo cosas nuevas entre sus líneas. Es una verdad indiscutible. Por eso la novela “Firmin” de Sam Savage debe ser clasificada como clásico moderno.

Sin ninguna duda. La vida de una rata callejera adicta a la lectura es una bella metáfora de todas las personas que no encuentran su sitio en el mundo, de los que destacan de los demás y se sienten extraños en su entorno.

Firmin se alimenta de libros tanto gastronómicamente como intelectualmente. Nacida en una librería en los años sesenta nos cuenta su historia biográfica con cierta tristeza y ternura gracias a un estilo muy acorde con su situación, hablando de su familia y sus deseos al igual que un ser humano cualquiera.

Con un texto plagado de referencias literarias famosas acompañamos a una rata como si fuéramos su más íntimo amigo con el que la rata protagonista se desahoga contando las penas vividas.

Las dosis de existencialismo que plagan el libro arraigan en la memoria del lector sin percatarse hasta que cierra el último capítulo y son recordadas como enseñanzas y debates interiores interesantes y merecedores del buen gusto. Los personajes están creados con una prosa magnífica, de una manera que consigue que a cada página que se pasa sentimos comprensión por el pobre ser con el que empatizamos a grandes rasgos.

A lo largo de cada capítulo leído se nos demuestra el amor por los libros y la importante necesidad vital de un apoyo amistoso en tiempos difíciles. La soledad y la exclusión social se dan de la mano para enseñarnos la realidad que podemos vivir a nuestro alrededor sin darnos cuenta. Puede parecer por su temática que estamos ante un libro infantil, dedicado en exclusiva para los niños. No es así. Las etiquetas confunden y distorsionan. Puede ser degustada por mayores y pequeños por igual. Las percepciones pueden variar un poco pero en el trasfondo humano coincidirán.

Sam Savage, poeta y novelista estadounidense, se proclamó hace unos años, en 2006, como un referente de la literatura con “Firmin” logrando que su título más conocido se posicionara en la plataforma Amazon con cinco estrellas durante largo tiempo y unas ventas cercanas a los dos millones de ejemplares.

Esta obra debe ser clasificada junto a clásicos de la talla de Dickens. Leer y releer “Firmin” siempre será un acto de enseñanza y melancolía que debemos vivir y revivir asiduamente.

Y es que hay una rata que es todo afecto.

“Siempre creo que todo va a durar para siempre, pero nada dura para siempre. De hecho, nada existe más allá de un instante, salvo las cosas que retenemos en la memoria. Yo siempre intento retenerlo todo – prefiero la muerte al olvido-, pero, al mismo tiempo, tenía muchas ganas de que nos fuéramos a San Francisco, dejándolo todo atrás. Y así es la vida: no hay modo de encontrarle sentido.”

La naranja siempre será mecánica

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Excus-cus-cusas. Eso es lo que ocurre si no has leído todavía “La naranja mecánica” de Anthony Burgess pero sí has visto la mundialmente famosa película homónima de Kubrick.

La novela fue, y es, una de las mejores distopías escritas hace décadas conservando una frescura y actualidad a prueba del paso del tiempo. La fama bien merecida de la adaptación cinematográfica ha conseguido tapar el libro, pero es una obra que merece ser leída y releída por todas las generaciones debido a su profunda filosofía y por mostrar un análisis de una sociedad que podemos tener ante los ojos sin percatarnos del peligro que supone.

En sus páginas encontramos la vida diaria, descrita en primera persona, del joven Alex, quien se reúne con su banda de amigos para causar fechorías y dar rienda suelta a una ultra violencia que para ellos es más intensa que la droga y necesaria para sentirse saciados y poderosos en una sociedad que creen controlar. La aventura del protagonista comienza cuando es traicionado por sus compañeros de fechorías, de los que se erigía como líder, y es encarcelado tras la muerte de una de sus victimas. Allí, prisionero, se une a la iglesia y consigue con una supuesta buena conducta ser elegido para recibir un tratamiento experimental que utiliza el condicionamiento para erradicar la violencia de las mentes de los criminales.

El libro está escrito con un vocabulario de expresiones llamado nadsat y creado por el autor basándose en el idioma ruso otorgando de esta manera una época atemporal a la obra. Al principio puede parecer un tanto lío y enrevesamiento el tener que acudir a las últimas hojas para hacer consultas pero al poco tiempo uno se acostumbra y son de fácil aprendizaje sin proponérselo uno.

Anthony Burgess fue un escritor británico al que le llegó el éxito internacional con “La naranja mecánica” y se hizo muy popular tras la película de su obra ya que tuvo que recorrer muchos caminos para defenderla ante la polémica por el tratamiento de la violencia de su idea. Ha conseguido hacerse un hueco amplio y espeso en la cultura pop por lo que se pueden encontrar miles de referencias a la obra en otras tantas sin apenas darnos cuenta y verlo como normal. La inspiración del libro partió de la violación de su mujer embarazada en 1944 por parte de soldados americanos que la golpearon ocasionando que perdiera el bebe.

El término “naranja mecánica” está explicado en el libro -detalle que es importante no desvelar a futuros lectores- a diferencia de la película, y al igual que el final nos encontramos con algo distinto ya que la edición americana que fue la usada para la adaptación obviaba el último capítulo, 21, y hace que el sentido de la historia cambie por completo y se vea un sentido más humano y evolutivo. Nos sentiremos -aunque no queramos- vagamente identificados en Alex con sus deseos y sus arranques de pensamiento violento mientras pasemos las hojas y al final tendremos en la mente un poso fuertemente arraigado sobre el conocimiento de uno mismo y de la humanidad.

No suele ser difícil encontrar hoy en día un ejemplar del libro, ha pasado el tiempo y ya no hay censura férrea sobre su mensaje, pero sí es bastante ignorado por culpa del clásico de cine, algo que todos deberíamos remediar y descubrir el lado más violento y tenebroso del ser humano escrito con maestría, siendo una obra de una calidad muy superior a la acostumbrada en el mercado literario actual de ciencia ficción.

No más excus-cus-cusas.

El frío se lo lleva todo

entre el cielo y la tierra

Rara vez un poeta se pasa a la narración en prosa con buenos resultados. No es el caso de Jón Kalman Stefánsson. Las páginas de “Entre el cielo y la tierra” guardan grandes dosis de poesía trasladada al estilo convencional de escritura sin perder un ápice de frescura y se tornan necesarias y maravillosas a lo largo de la lectura.

Es poca la oferta literaria llegada de los países nórdicos que se aleje de las típicas historias detectivescas y de serie negra, pero de vez en cuando puede caer en nuestras manos una joya que aporte luz y curiosidad a nuestra biblioteca.

“Entre el cielo y la tierra” nos encontramos con una historia de personas normales y trabajadoras de la pesca de principios del siglo XX en una Islandia que parece perdida en los mapas y del mundo conocido hasta entonces. La dureza de un trabajo peligroso como puede ser la captura de peces en aguas heladas y sin mucha protección nos lleva a descubrir los sentimientos y las formas de ser de unos personajes que sin ser peculiares gracias al ritmo de narración son integrados en nuestras mentes con placer.

Un día sale a pescar un bote con seis personas, entre ellos el joven protagonista y su amigo -grandes admiradores del escritor Milton-, rodeados de naturaleza violenta y fría para la que se debían haber preparado concienzudamente, pero en el regreso sólo llegan cinco. La tristeza y el continuar hacia delante llenarán la mayoría de páginas del libro con un estilo poético agradable a la par que embriagador.

Al ser el inicio de una trilogía puede que el final del libro deje un poso un tanto amargo por ser cortado de manera seca, pero no hace más que incitarnos a buscar la continuación con cierta desesperación y ansia por conocer más de la historia desarrollada por el autor.

Es el libro perfecto para los días de invierno que azotan con lluvia y gélido viento, aunque no nos guste el pescado.

El mundo es un himno

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Ayn Rand vivió toda su vida rodeada por la polémica de sus pensamientos filosóficos, incluso tras la muerte fue perseguida por las criticas sobre la dureza del objetivismo que tanto promulgaba. Su doctrina y sus escritos fueron tomados por los liberales más acérrimos granjeándola millones de enemigos y fans al mismo tiempo.

Himno fue la segunda novela, publicada en 1938, tras su debut con una feroz versión de los peligros del colectivismo; constando de doce capítulos en los que se desarrolla una historia corta de ciencia ficción ambientada en una edad media del futuro.

Un hombre, de nombre Igualdad 7-2521, es uno más de un mundo donde las personas son dirigidas en una sociedad totalitaria y cuyo descubrimiento y anhelo por la diferencia a partir de encontrar un submundo a través de un túnel del pasado hace que todo planteamiento sea cuestionado. Con el hallazgo de la electricidad con un aparato del pasado deseará revelar el secreto al mundo y ser aceptado reconociendo su talento contra las ordenes impuestas por los poderes, y la sociedad del Himno es puesta a prueba en base a la curiosidad del protagonista revelando una palabra prohibida en la última página.

La manera en que está escrito es curiosa, a la vez que acertada, ya que los personajes usan el plural para referirse a ellos mismos lo que confiere un ejercicio de entendimiento a la obra.

La narración puede que haga recordar a muchas otras propuestas de ciencia ficción, son una idea repetida hasta la saciedad; pero consta de 1938, siendo todo un referente de las posteriores. Es un pequeño libro de cerca de cien páginas que se puede leer en unas horas y si no ha sido del gusto del lector olvidar fácilmente, pero hay que recalcar que es un clásico por algo y que no dejará indiferente.

La mayoría de gente aborrece los libros de Ayn Rand e incita a su no lectura, quizás por moda o quizás por pedantería sin haberlos leído, aún así -aunque no se comulgue con su ideario- hay que crearse una opinión propia. Si se tiene la oportunidad de poseer algún título de la autora es conveniente guardarlos con cuidado porque son difíciles de adquirir y encontrar debido a la estúpida censura que impera por todos lados.

En los cementerios pasan cosas

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Corrían los finales de los años ochenta y el mundo de la narración dio un vuelco con la aparición de la serie de novelas gráficas «The Sandman». Su autor Neil Gaiman llegaría a ser considerado uno de los máximos referentes del género de terror y fantasía. Y muchos títulos han caído desde entonces de la mano de un magistral autor -tanto en novelas como en cómics, e incluso guiones de cine- con un universo tan amplio que creó legión de fans e imitadores.

A simple vista, puede impresionar tanta obra y volver histérico a cualquier lector que quiera comenzar a adentrarse en su mundo. Por ello, puede ser un acierto escoger «El libro del cementerio», publicado en 2008, para una iniciación tranquila y menos onírica que lo habitual en su trabajo.

Un bebe se escapa de la cuna la noche que su familia es asesinada por el cuchillo de un hombre misterioso. Tras llegar al cementerio cercano, con el asesino persiguiéndole, es adoptado por una pareja de fantasmas del lugar y nombrado como Nadie Owens. Con un tutor ni muerto ni vivo, Silas, crece entre lapidas y almas pasadas que le enseñan y cuidan además de acompañarle en sus aventuras y su curiosidad de niño humano creciente. A pesar de que todo va bien, el hombre misterioso retornará para encontrarle e intentar lograr acabar con el trabajo.

Con una prosa fácil, a la vez que cautivadora, el lector va adentrándose en situaciones y enseñanzas fascinantes que no hacen más que adorar continuar pasando páginas hasta llegar al final. La galería de personajes es variopinta y con cada uno de ellos nos enamoramos de sus palabras, algo que no suele ser muy habitual en muchos libros, nos quedaremos con la Dama de Gris, la señorita Lupescu, los Owens, y muchos más sin dejar de soñar con ellos al terminar el día. Puede que parezca un libro destinado a la adolescencia pero esconde algo más y muestra una labor impagable, porque se tenga la edad que se tenga se disfruta sin pensar en otra cosa que no sean los devenires de Nadie Owens.

Y si uno anda un poco leído, hará constar las semejanzas con el clásico «El libro de la selva» de Rudyard Kipling -nada negado por el autor- y apreciará con más ahínco el texto. Aparte, las ediciones suelen venir acompañadas de unas grandiosas ilustraciones del mago del dibujo Dave McKean, lo que añade otra razón de peso para detenerse en algunas páginas y gustarse con el detalle.

«El libro del cementerio» es un pequeño tesoro al que bien se le puede hacer un hueco en la estantería y compartir momentos de ocio con él. No por nada fue galardonado con el famoso premio Hugo en 2009 a la mejor novela, y es un ejemplo claro y conciso del estilo narrativo de Neil Gaiman. Tras su lectura, puede que ya estemos sumidos en la espiral que nos arrastrará a consumir otro título del autor, y así una y otra vez; sin llegar al fin, pero sin querer hacerlo.

Los bailarines se emparejaron de nuevo uno a uno, los vivos con los muertos. Nad alargó el brazo y se encontró mano a mano, y cara a cara, con la Dama de Gris.
La mujer le sonrió y lo saludó:
—Hola, Nad.
—Hola —replicó el niño sin dejar de bailar—. No sé cuál es su nombre.
—Los nombres no importan en realidad.

Locos, o enfermos

9788433912725

¿Estás enamorado? ¿Discutes con tu pareja?

Puede que “Locos de amor” sea tu libro -obra de teatro, mejor dicho- y aún no lo sepas.

Escrita por Sam Shepard, es un clásico de la dramaturgia norteamericana de principios de los años 80.

Dos amantes con una relación tóxica y devastadora para ambos dan rienda suelta a sus recuerdos, atrapados por lo que cada uno quiere de la relación, en una habitación de un motel perdido en el desierto de Mojave con distintas versiones de la historia de amor compartida.

May y Eddie se desnudan hablando y discutiendo, queriendo destruirse mutuamente, y echándose cosas del pasado en cara. Pero, no pueden vivir el uno sin la otra, están enganchados con deseo y los dos quieren llevar la voz cantante de la relación.

Su lectura es muy recomendable, puede que sea algo excesiva en las formas en que trata la temática de las relaciones, pero seguro que todas las parejas de amantes han rozado ese punto de locura y catarsis a través de enfrentarse con el contrario que nos acompaña sentimentalmente en la vida.

El texto es de corta duración al tratarse de un guión de obra teatral y fácilmente en unas horas, sin mucho esfuerzo, sea finiquitado dejando en la mente del lector un recuerdo tenso de las conversaciones leídas. Seguramente haremos diseccionar nuestras propias relaciones personales para intentar no llegar al límite como los protagonistas.

Sam Shepard es conocido principalmente por su faceta de actor de películas míticas como “Elegidos para la gloria”, “El informe Pelícano”, o “Paris, Texas” -de la que también es guionista-, aparte de “El diario de Noa” más reciente; aunque tiene una extensa carrera como escritor y es reconocido como uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes, comparado en estilo con Tennessee Williams, y ser poseedor de un estilo propio arrollador y tenso en sus obras.

Si se tiene alguna duda de que pueda ser tan bueno como se dice por todos lados no hay más que coger “Locos de amor” y zambullirse en un texto para nada bajo de forma ni simple.

A pesar de la rudeza, llega al alma.

EDDIE
Te echaba de menos. De verdad. Te he echado de menos más que a nadie en toda mi vida.
No paraba de pensar en ti todo el rato, mientras conducía. Podía verte constantemente.
A veces, sólo una parte de ti.
MAY
¿Qué parte?
EDDIE
El cuello.
MAY
¿El cuello?
EDDIE
Sí.
MAY
¿Echabas de menos mi cuello?
EDDIE
Te echaba de menos entera pero, por algún motivo, tu cuello me volvía una y otra vez.
Y por culpa de tu cuello no paré de llorar.